Queridos 3 encabronados (ya mero seremos 4, espero), la historietilla que les voy a contar aquí, no sucedió hoy, ni ayer, ni la semana pasada. Este cuento es de hace más de 2 años, pero verán que es más vigente que nunca.

Esto sucedió un sábado de noviembre. Uno de esos sabaditos en los que uno se levanta después de una semana muy rejija-de-la-chingada (en la que choqué y perdí mi coche) y lo único que quiere es descansar, olvidarse de la mierda y drenar la mente.

Así que me levanté temprano y le hablé a mi novia. Le propuse ir a desayunar a un lugar sin gritos, ni payasos, en donde estuviéramos tranquilos y sin prisa. Elegimos un restaurante que nunca nos había fallado para estos trances, me ajusté la madre ésta que tenía en el cuello por lo del choque y nos lanzamos. En el camino, planeamos con riguroso detalle lo que sucedería después del delicioso desayuno, que prácticamente se reducía a ECHAR LA HUEVA el resto del día.

Llegamos a nuestro destino, un restaurante famoso por sus desayunos que está en las calle de Campos Eliseos, que si la conocen, sabrán que es una calle muy tranquila y con muy poca circulación los fines de semana.

Voy a hacer alto aquí para contarles que odio entre muchos a los ESTORBOS, a los imbéciles que se paran en doble fila, o que se meten sin formarse, o que se estacionan en el lugar para discapacitados (claro, no saben que es para gente con discapacidad física, no mental) y a todos esos uñas enterradas con pus que nacieron para estorbar. Y les comento esto porque por más encabroneitor que sea, soy muy respetuoso; nunca estorbo, tampoco me paro en doble fila y por supuesto que siempre que me estaciono me aseguro que no sea un lugar prohibido.

Pues me estacioné, la calle estaba vacía, así que me podía haber estacionado como en 5 ó 6 lugares que habían libres y elegí uno que por comodidad, era el mejor, pues no tenía coche en frente y eso hacía más fácil la maniobra con mi collarín. Como siempre, revisé que no estuviera tapando una entrada o que no hubiera un disco de “no estacionarse” y  nos bajamos, caminamos y en 2 minutos ya estábamos sentados en la mejor mesa de la terraza.

El día iba de poca madre. Pedí mi jugo de zanahoria recién hecho y mientras mi novia se paraba para ir al baño, aproveché para abrir el periódico. Pero justo cuando empezaba a leer, como si fuera una aparición (aquí valdría la pena que piensen en alguna imagen bíblica, con brillos celestiales y música proveniente de una arpa dorada), una grúa de su puta madre (no la de ustedes) aparcaba exactamente en frente del restaurante con nuestro coche ya engruado.

“Putisimísima madre” grité mientras corría hacía la grúa. En el camino, tanto el periódico como mi jugo y el de la ñora de la mesa de al lado, cayeron violentamente al piso.

“hey, hey, hey, ¿por qué se lleva mi coche?” le dije al rábano podrido que manejaba la grúa. El tipo no sólo no me contestó, al parecer no hablaba (lo cual agradecí, porque si su aliento era proporcional a su cara…) y se limitaba a señalar únicamente al imbécil que “ajustaba” alguna pieza de la grúa (después me enteraría que sólo se detuvieron frente al restaurante para que los viera, no tenían nada que ajustar a una cuadra ya con el coche encima), así que caminé un par de pasos y muy, pero muy encabroneitor, pero con mucho respeto, le dije: ‘Hey, ¿qué  pasa, por qué se está llevando mi coche?’

El tipo se levantó y antes de que abriera su hocico relleno de mierda fermentada, vi su nombre en la placa (por supuesto de plástico) y fue como si el tiempo se detuviera.

El humano éste, con su sombrerito de “polecía”, su aliento de culo de vaca enferma y su pinche jeta de banqueta raspada, tenía una placa con su nombre que decía SIDARTA HERNÁNDEZ… sí: SIDARTA HERNANDÉZ.

‘Reputísima madre’, pensé, este es el fin, mi vida acabó ya me mandaron al profeta, al mismísimo olmaity para llevarme al infierno. Pero mientras pensaba en esto, le volví a ver la jeta y no sé si me tranquilizó o me devolvió a la realidad. No había manera de que una cara así pudiera pertenecer a alguien especial, más bien una broma del destino hizo que los padres de este escupitajo decidieran ponerle Sidarta en lugar de Juan o María José o Guadalupe (nada personal contra ustedes).

Así que ahí estaba yo, intentando establecer un diálogo con Sidarta Hernández, y mientras me trataba de decir no sé qué chingaos, lo interrumpí y le dije ‘¿En serio te llamas Sidarta o es broma?’  el tipo no reaccionó violentamente como esperaba, por el contrario, tomó su placa con sus grasientas y puercas manos  y con orgullo me dijo mientras la levantaba ‘sí, Sidarta Hernández Martínez’.

Por supuesto vi mi oportunidad y le dije que con un nombre así, seguramente era una persona de moral muy alta y entendería que mi coche no estaba en lugar prohibido.

‘Sí güero, su coche estaba estacionado en el paso peatonal’

‘No hay ningún paso peatonal ahí, es la mitad de la calle, ¿no los pasos peatonales están en las esquinas de las calles?’

‘Yo no lo sé’

‘¿No sabes qué?’

En este momento le dije que por favor caminara conmigo a donde estaba estacionado mi coche para mostrarme que sí estaba mal estacionado. Incluso le dije respetuosamente que si en verdad estaba mal estacionado, no lo molestaría más, lo dejaría ir y fin del asunto.

Aclaro que todavía me dirigía a él con respeto, no por gusto, pero por que sé que estos gusanos se prenden a la primera y yo quería que me devolvieran mi coche ahí, sin más pedos.

‘A ver Sidarta, vamos a donde estaba estacionado.’

‘No, puede pasar a recoger su automóvil en…’

‘No, usted me está diciendo que estaba mal estacionado. Y es una mentira.’

‘Yo no lo sé.’

Ya era como la cuarta vez que me decía ‘Yo no lo sé’ y le dije ya con más destellos de mi encabronamiento:

‘bueno, ¿qué es lo que no sabes?. Te estás llevando mi coche y no hay ninguna razón para hacerlo. Bájalo de tu grúa y dejémosla aquí, ¿va?’

Pasaron como 10 minutos más de palabras huecas y logré, después de hablarle como si fuera realmente Sidarta, con un tono muy controlado y casi como si le estuviera declarando mi amor a una vieja (pero ya saben con unas ganas de gritarle CHINGAATUREPUTISIMAPUTAMADRE) que el ojete caminara conmigo los 20 pasos.

Llegamos a donde estaba estacionado el coche y efectivamente, había un centímetro y medio de pintura amarilla. Era el resto de un señalamiento para peatones que no se veía, estaba tapada por tres hojas de un árbol y llegaba a una jardinera muy bonita en el camellón cercada por una bardita (además de que mi coche ni siquiera estaba encima de ese centímetro de pintura) … y claro, a 3 metros, sí había un cruce peatonal, con las líneas bien pintadas en el piso y con el camellón abierto sin la jardinera, para que pudiera pasar la gente.

Así que ya a punto de soltarle a Sidarta una ráfaga de ofensas, me tranquilicé por última vez y le dije:

‘Ves Sidarta, evidentemente nadie cruzaría la calle por ahí, pues llegarían a esa barda y los atropellaría un coche. Éste de aquí al lado es el cruce. Además mi coche ni siquiera estaba encima de este cruce que por lógica lo movieron a unos metros. ¿Nos entendemos?’

El muy jijo de su gorda-puta-madre me dijo que el sólo sabía que yo estaba mal estacionado y ya.

‘A ver Sidarta, ¿no estás viendo? Hay un cruce peatonal aquí. Mi coche estaba estacionado acá, en donde no se puede cruzar la calle. ¿Tú cruzarías por acá?

‘sí’ me contestó el muy pendejo.

‘¿y qué, al llegar al camellón brincarías la barda y pisarías los arbustos y las flores?’

‘Sí’ volvió a contestar el hijo de la chingada.

‘Entonces me estás diciendo que cruzarías por acá y que destruirías la jardinera además de que pondrías en peligro tu vida, eso sin decir que estarías poniendo un mal ejemplo, cuando tú eres la “autorida”. ¿Escuchas la tontería que me estás diciendo?’

‘Sí’

‘Sí ¿Qué?, te estás llevando mi coche injustificadamente’

‘Sí’

Confieso que ya en este momento perdí. El cabrón logró que mi paciencia se desvaneciera y le pregunté que si entonces lo que quería era chingarme. Me dijo que sí. Evidentemente le dije que lo iba a denunciar por abuso de “autorida” y ya saben, uno trata de ser decente, educado y demás, pero le tuve que decir que era un pinche gato de mierda.

En fin con una sonrisa que logró destruirme, Sidarta, el profeta de las grúas, se subió a su grúa y arrancó. Yo empecé a correr, me quite el collarín y se lo aventé.

PRONTO las reflexiones aquí…

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La gordita de las gorditas

Publicado: 16 mayo, 2011 en DE IMBÉCILES
De plano en esta ciudad hay que cuidarse hasta de los sopes.
sopes de papa con sabor a haba, requesón y frijol

El martes se pone un tianguis en la puerta de mi oficina. Ya eran casi las 5:00 y  se me antojó comerme unos tlacoyos. Me acerqué con la gordita que vende gorditas y le pedí unos de papa. Puso cara de culo y me dijo que un momento. Mientras buscaba entre sus sobras, fui por unos aguacates. De regreso, la gordita me entregó una bolsa con 6 tlacoyos. La cara de culo se había transformado en una sonrisa “Ya sólo me quedaron 6 de papa joven”, está bien le dije, ni hablar “¿Pero sí son de papa nada más verdad? porque no me gustan de ningún otro”, con otra insoportable sonrisa, me dijo que sí, eran los últimos 6 de papa.

Aunque no me crean, le pregunté una vez más y hasta le hice la bromachascarrilla “Si no son de papa, voy a regresasr el próximo martes muy enojado”. Su última sonrisa me confirmó que sí eran de papa y hasta me dijo que me regalaba los otros 6, que si los quería de habas, de requesón o de frijol. Le dije que muchas gracias pero no me gustaban más que los de papa, así que echó en la bolsa unos sopes de pilón. 

Salí del mercado con mis aguacates, mis tlacoyos, mis sopes y unas ganas de abrazar a la gordita de las gorditas: “Qué buen pedo la ñora, me cae que sí hay algunos mexicanos chidos” me dije mientras sorteaba unos peseros y a sus utas madres para llegar a comer.

Ya en mi casa, saqué los tlacos y el primero que vi tenía más pinta de ser de frijol, que de papa. “Pinche vieja” dije, mientras sacaba los demás para descibrir que ninguno era de papa. Eran de Requesón WTF?, de frijol y no mamen, de haba.

Tomé la bolsa, los aplasté y los aventé con toda mi fuerza, menté madres como loco y me di cuenta una vez más, que en este país, hasta los sopes te chingan.

Evidentemente la línea de pensamiento de esta sope fue: en vez de decirle al güerito éste que ya no tengo, le doy de lo que me sobra, le regalo unos pinches sopes viejos y me gano mis 20 pesistos. Seguro no se da cuenta y la semana que viene, le aparto unos de papa.

Pues para su desgracia SÍ ME DI CUENTA. A la mayoría de ustedes les hubiera valido madre, a mí no. Así que guardé las sobras desmoronadas y a la semana siguiente llegué, se las regresé amablemente y le dije que me devolviera mi dinero. Como podrán imaginar, me dio el dinero y me dijo “¿Ahora sí le doy los de papa?”. Quería mentarle la madre, pero me limité a decirle: Señora, con todo el respeto que usted merece (que no es mucho) Chingue-a-su-puta-madre… La verdad es que no dije eso, sólo le dije que había perdido a un cliente de por vida y que me daba tristeza compartir este pedazo de mundo con gente tan deshonesta. La tlacoya sólo me echó la ya muy enigmática Sonrisa Mexicana